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Desafíos y tensiones: ¿cómo cambió la alianza escuela-familia en los últimos años?

La escuela y la familia. La alianza lleva cientos de años de historia y hasta hoy perdura. Juan Amos Comenio, en el siglo XVII, fue pionero al hablar de la "primera escuela" o "escuela materna". La escuela, explicaba, había nacido justamente para complementar la función educadora de la familia, pero no como la principal y única responsable de transmitir los valores elementales al niño.



El tiempo pasó y, si bien la alianza se mantiene, los roles cambiaron en los últimos años. La escuela asumió un lugar central en la crianza del estudiante. Hoy se le exigen cuestiones que antes se resolvían en el hogar. Desde la imposición de límites, hasta hábitos y alimentación saludable, pasando también por la resolución de problemas o angustias que se originan en el seno familiar. Entonces, ¿cuál es (o cuál debe ser) el rol de la escuela hoy? ¿Está bien que recaigan tantas responsabilidades sobre ella?


“Lo que estamos viendo en nuestras escuelas es que se alteró el rol habitual de la institución. Lo vemos todos los días. En los últimos 15 o 20 años hubo un corrimiento de la familia como autoridad: adultos que no ponen límites y chicos que muchas veces reciben el primer ‘no’ en el jardín de infantes. Los papás se volvieron amigos de los hijos. Ahora no solo esperan que sea la escuela la encargada de poner límites, sino que buscan en la escuela respuestas que no reciben en otra institución de la posmodernidad”, advirtió Emiliano Quirós, integrante de la AIEPBA y director general del Complejo Educativo de Villa Ballester.


La escuela, en ese contexto, entró en un limbo. Ya no es solo el espacio donde se transmiten conocimientos de una generación a otra. Ese objetivo principal sigue latente, pero convive con otras funciones como los de construir límites que acompañen el desarrollo de escuchar y contener problemáticas del hogar, de resolver incluso conflictos que se producen a través de las redes sociales.



“Muchas veces las reuniones de padres se convierten en espacios de terapia, de descargo de problemas externos que nada tienen que ver con la escuela. Esto ya venía pasando con los chicos y se agudizó por la pandemia. No son solo los chicos, sino también las familias vienen con frustraciones de afuera que necesitan descargar en nosotros”, planteó Quirós.


Por caso, en su escuela, unos años atrás, decidieron revisar las pautas de convivencia del nivel secundario. En la discusión surgió que se permitiera que los chicos lleven el pelo teñido de distintos colores, pero uno de los padres se opuso. Dijo que prefería que no se flexibilizara ese punto porque su hijo se quería teñir y a él le convenía que el reglamento lo prohibiera. No se sentía apto para plantearle límites a su hijo.


“Nosotros estamos convencidos de que nuestro trabajo es con las familias. Nuestro lema es ‘con las familias todo, sin las familias nada’”, remarcó. “Es imposible llevar adelante un proceso educativo sin una pata esencial como lo es la familia. No tenemos ninguna duda de eso pese a que hoy se complejiza por el desdibujamiento que hay”.


El problema de las “formas”


En general, la demanda no radica solo en la resolución de los problemas, sino que las familias esperan inmediatez en la atención. El mismo día o, a más tardar, a la mañana siguiente exigen que el tema sea abordado, que se los escuche y se les dé tratamiento a sus inquietudes.


El vínculo familia-escuela siempre funcionó a la par, como una constante. Dar respuestas a las demandas de la comunidad educativa es necesario y desde ya construye un vínculo a través del diálogo. El punto, según Silvia Fernández, directora general del Instituto José Hernández de Merlo, es la ”forma” en que se han tornado esas demandas, sin tolerancia y respeto por la institución.


“Es un avasallamiento en base a derechos, sin ninguna obligación. Las situaciones de conflicto muchas veces no se generan en el ámbito escolar. Se generan, por ejemplo, en los grupos de WhatsApp entre alumnos o entre familias, en los cuales se hablan y contestan sin ningún tipo de límite ni reparos. A todo esto hay que agregarle las secuelas de la pandemia y la mala utilización de las redes”, advirtió la directora.


Las problemáticas externas irrumpen en la escuela y, tanto directivos como docentes, deben intervenir. Si bien hay normativas vigentes al respecto, que orientan cómo se debe atender cada situación conflictiva, en la práctica lleva días de entrevistas, con actas para lograr acuerdos y restablecer la calma.


“Si se le pregunta a cualquier directivo o docente, el estado agobiante al que llegan al finalizar el ciclo escolar no tiene que ver con la tarea en sí misma, sino con el desgaste que produce enfrentar los conflictos diarios para arribar a soluciones positivas. La construcción de vínculos en base a la reflexión en el aula se ha convertido en una tarea necesaria y constante”, agregó Fernández.


Volver a generar confianza


El vínculo entre la escuela y las familias atraviesa un momento de sospechas, de suspicacias. La confianza de antaño, en parte, se resquebrajó y dio lugar a la tirantez. Según Clarisa Miño, directora de la Escuela Ángel Vicente Peñaloza de Laferrere, se pone en duda desde la calidad moral hasta la competencia del otro, ya sea como educador o como familia.


“El rasgo más notorio actualmente pareciera ser la ‘vigilancia mutua’ como componente de esta relación. Hace ya varios años que se registra un cuestionamiento permanente a la institución escolar. Esto afecta la confianza general y la credibilidad que se debería tener a quienes somos garantes de la educación de los niños y jóvenes. Si no hay un marco de confianza, es imposible educar. Aparecen contradicciones y conflictos que llegan a grados extremos”, consideró.


La pandemia tensó aún más el lazo. Puso bajo la lupa necesidades insatisfechas entre las dos partes. Se multiplicaron los “ruidos” en la comunicación, la distancia -tanto física como simbólica- se prolongó y afloraron malentendidos. No obstante, la directora destaca que también emergieron logros y se propiciaron situaciones educativas “sumamente creativas y potentes” que se deben aprovechar.


“Hoy se hace imprescindible volver a construir confianza mutua entre familias y escuela, la autoridad pedagógica. Salir de los prejuicios y abordar de manera colaborativa las prácticas de crianza en niños y niñas, especialmente en los adolescentes, avanzando en ‘tejer’ tramas colectivas de sostén apoyadas en la buena comunicación, la complementariedad de roles, la cooperación y los consensos”, subrayó Miño.


¿Qué piensan las familias?


La otra pata fundamental en la alianza son las familias. ¿Cuáles son sus nuevas demandas? ¿Están de acuerdo en que la escuela acapare responsabilidades que antes le eran ajenas o lo consideran un mal de época? Al respecto, dos madres de una escuela de Isidro Casanova respondieron qué esperan hoy de la institución educativa y qué cuestiones creen que se deben resolver en el hogar.


Zulma Romero es la mamá de Giuliana, que asiste a salita de 4. Ella no está de acuerdo con que sea la escuela la encargada de poner límites, de inculcar los valores primarios a un niño, aunque sí cree que la institución educativa debe reforzar las enseñanzas que reciben los chicos en casa.


“El proceso jamás tiene que ser a la inversa. Primero somos nosotros los que debemos formar a esas personitas. La educación sale de la casa, los valores surgen de la casa, y el colegio tiene la responsabilidad de reafirmar todo aquello que nosotros les brindamos a nuestros hijos. Por eso nunca volqué en la escuela una responsabilidad tan grande que no le cabe. Solo espero que traten a los chicos con respeto y cuidado”, indicó.



Su sensación, cada vez que deja a su hija en la escuela, es de “seguridad”. Durante meses, su hija entró llorando todos los días al jardín, sufriendo el desapego de su madre. No obstante, el apoyo que le brindaron hizo que ya para la segunda mitad del año se volviera una experiencia provechosa. “Sale contenta, me cuenta todo lo que hace. La contención que nos dieron a las dos, porque yo me quedaba del otro lado de la puerta con el corazón detonado, fue inmensa. Me sigo emocionando cuando lo recuerdo”, expresó.


Carolina Silva, mamá de Antonella, alumna de cuarto año, coincide en que el primer contexto de socialización de un niño es -y debe ser- la familia, que interviene en su inmersión social y en el contexto sociocultural a través de la enseñanza de valores, cultura, normas y actitudes. El rol de la escuela, cree, es complementar y ampliar esa primera intervención familiar. De ese modo, el trabajo en conjunto entre las dos instituciones se vuelve esencial.


“En la escuela a la que asiste mi hija, es muy fluida la comunicación. Recuerdo hace un tiempo nosotros necesitamos de esa ayuda y contención por una situación personal que estábamos atravesando y ellos estuvieron acompañando desde el primer momento que fuí a hablar para contarles lo que nos estaba pasando”, comentó.


Carolina piensa que “es mucho más fácil tirarle la pelota a la escuela”, esperar que sean docentes y directivos los que le pongan límites a los chicos, quienes resuelvan problemas que llegan del hogar. “Las principales enseñanzas tienen que salir de casa. Hay una frase que leí hace un tiempo y me quedó grabada: ‘Mi escuela es mi segunda casa, pero mi casa es mi primera escuela’”.

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